martes, 7 de septiembre de 2010

AS PIAS 2010

Una cronica de pesca de Paula Morán Ortín:

Satélite a las 10:45 (1.47 a.m.) Los cupos están completos. Han trajinado sus trajes y han disparado sus disparates. Frases hechas. Frases tópicas, típicas, utópicas. Las estaciones pausan su curso, reclaman su rancho y gotean hasta el cambio.

Cuervo duerme, y su cuerpo dormido grazna al hastío que esparce virutas de espuma que reparten muestras de insolencia en el silencio.

Telebolla nace rápido y vive fugaz. Gorras y sonrisas para alimentar los elementos. Azúcar y minidragones se esconden en el suelo que Otoño tapiza de clorofila seca y carroñas de tiempo de sueños estivales. Verano enreda en su red desdobles de rumbo, ansias de triunfo y burbujas de tiempo donde se condensan ciudades sin cosquillas.

Cuervo aguarda, insolente ante Soberbia, quien domina las entrañas del tiempo y arista los restos calcinados de sus ventanas donde los sucesos se rasgan y caen al suelo, y no suceden.

Invierno es solitario y calla con risas, posibles revoluciones. Y es quien cree que todo es tiempo, que nada dice mirar como ve, que entretiene sus dedos desligando errores y fracasos. Y su carcasa cae. Y su reloj aumenta.

Las estaciones atrapan sorbos que nutren relojes de oportunidades con espirales, arenas y promesas Temblar. Hasta que el miedo inunde cada una de las espinas. Nada más humillante que estar en el fango de una genética grandiosa. Los minidragones prefieren el calor para servir su venganza y Verano no hace sino golpear suspiros contra el puente del cambio. Todo comienza con los huesos y, tras ello, el ser se cubre de escamas. Y el reloj de Verano se llena de risas y castillos a medio construir. De castillos a medio destruir. Que quizás no sean de esos sueños que pesan.

Primavera cubre su juventud con miradas de ladrón y dispara pisadas a los tópicos, hijos bastardos de la estadística. Y pincha con amor los minidragones de Verano. Y rugen los sonidos que Telebolla silva en su madurez y resuenan a lo largo del cambio.

Verano logra arrancar una pizca al infinito pero llora lástima de existencias por imaginar y son Otoño y Primavera quienes desligan el grano de su lazo y lo introducen en su correspondiente reloj.

Cuervo cuenta los despertares que rielan en el cambio y reduce los sonidos que retumban al choque con su cuerpo. Su lienzo tiembla de frío y fiebre y el infinito reluce entre sus dedos, que tergiversan realidades, que descubren cuentos.
Pero son los dedos de Invierno quienes hilan la distancia y rescatan sueños de esos que pesan. De esos que llenan ciudades, mentes y cuerpos y arrancan giros que obedecen al deseo y manejan los destinos de los hombres.

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